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Un agujero negro para la ciencia

Murió Stephen Hawking, el sucesor de Einstein

A los 76 años falleció en Cambridge, Reino Unido. Desde hacía más de cinco décadas afrontaba una enfermedad neurodegenerativa que paralizaba sus músculos. Sus contribuciones de fama internacional se centraron en los agujeros negros, la relatividad y el Big Bang.

Imagen: EFE

“Fue un gran científico y un hombre extraordinario, cuyo trabajo y legado vivirá por muchos años. Su valentía y persistencia, y también su humor y brillantez inspiraron a gente de todo el mundo. Una vez dijo: ‘Este no sería un gran universo si no fuera el hogar de la gente que amas.’ Lo extrañaremos para siempre”, señala el comunicado compartido por la familia del físico británico.

Stephen Hawking fue uno de los científicos y divulgadores más importantes de esta era. Falleció a los 76 años en su casa de Cambridge, Reino Unido, tras superar las limitaciones que desde hacía más de 50 años le imponía una enfermedad degenerativa y neuromuscular como la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Volcar sus reconocimientos y su fama mundial alcanzarían para llenar extensos pergaminos y, aunque no consiguió un Nobel porque sus teorías físicas aún carecen de comprobación, formaba parte de la elite científica mundial al pertenecer a espacios como la Real Sociedad de Londres, la Academia Pontificia de las Ciencias y la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Además, fue titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas (Lucasian Chair of Mathematics) de la Universidad de Cambridge durante el período 1979-2009.

Permanecía en una silla de ruedas y se comunicaba mediante un sintetizador de voz –que lo recubría de un tono robótico, metálico– y que se había visto obligado a utilizar tras una neumonía sufrida en 1985 que había complicado su cuadro general. Sus ironías y su tono burlón completaban la figura de un individuo de físico despatarrado y espíritu de acero. ¿Por qué Hawking fue tan importante? Porque modificó la reflexión humana respecto a las dinámicas más profundas y los engranajes que mueven al universo. Sus principales aportes fueron realizados en el campo de los agujeros negros, volviendo una y otra vez sobre sus propios postulados que pretendían explicar con detalle sus características (“Son singularidades del espacio-tiempo más comunes de los que se pensaba”), aunque nunca comprobó sus potencialidades de manera experimental y sentía que ello perjudicaba sus esfuerzos conceptuales (“La mayor parte de mi trabajo en agujeros negros podría no ser demostrada nunca”).

También fueron notorias sus contribuciones respecto al Big Bang. Su desvelo por el “gran origen” trepó tan alto que, entre sus grandes propósitos, pretendía desarrollar una “teoría del todo” que fuera capaz de unificar la teoría de la relatividad general con los conocimientos emergentes en física cuántica. De este modo, procuraba explicar –mediante un abordaje global– los fenómenos que acontecían en cada segundo y, en última instancia, otorgaban sentido a la existencia humana. Demostraba, a su turno, una profunda curiosidad por la vida extraterrestre y por temas de debate vigente como la inteligencia artificial, la destrucción nuclear y el cambio climático, ya que durante su madurez la salud de la Tierra despertaba sus angustias más recurrentes.

Su trayectoria simboliza el poder de una mente brillante en un envoltorio derruido. Tal vez constituyó la metáfora perfecta que puso en jaque la supremacía de lo superficial en el reino de las apariencias contemporáneas. Hawking nació en Oxford en enero de 1942 y cuando parecía llevarse el mundo por delante con su juventud y talento, a los 21 años (1963), recibió una noticia tan inesperada como trágica: padecía ELA, sus movimientos se reducirían de manera acelerada y los médicos presagiaron un futuro nada promisorio (apenas dos años de sobrevida). Sin embargo, su enfermedad no significó un obstáculo y pese a que sus posibilidades motoras se recortaron casi en su totalidad (con el tiempo, solo podría mover un par de dedos y algunos músculos faciales), todavía contaba con una fábrica que trabajaba a tiempo completo y con la máxima eficacia: el cerebro. Pronto, sus ideas tomaron un intenso vigor y obtuvieron relevancia internacional.

Como si fuera poco, este científico británico descolló como un magnífico divulgador de las ciencias y operó como un eslabón irreemplazable en la democratización del acceso y la participación del conocimiento científico de la ciudadanía, primero europea y luego mundial. Uno de sus materiales más exitosos, “Una breve historia del tiempo” (1988), logró vender más de 10 millones de copias alrededor del globo y su curiosidad inspiró a varias generaciones. Su obstinación por aferrarse a un mundo que no le ofrecía grandes expectativas siempre fue digno de reconocimiento. Su inteligencia, motivo de admiración. 

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