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Patriarcado y capitalismo salvaje

Por Cecilia Merchán
Imagen: Pablo Piovano

Cuando hay ajuste económico, hay una feminización de la pobreza. Apenas comienzan a faltar los recursos e ingresos para sostener la vida cotidiana, las principales afectadas somos quienes damos resolución a la alimentación, la escolaridad, la limpieza y las compras de los productos necesarios para la supervivencia. El empleo femenino es más precarizado y flexibilizado, y mucho más en tiempos de ajustes. Según datos de la CEPAL, “la principal barrera de acceso para las mujeres al mercado de trabajo se relaciona con la inequitativa distribución del trabajo reproductivo y por la falta de políticas públicas para abordar esta situación por parte de los Estados”. Además, debemos pensarnos en todas nuestras dimensiones sociales como personas inmersas en este sistema de clases en el que no hay nada peor que ser mujer, pobre y negra o pobre y travesti, pobre e india y así podríamos continuar casi infinitamente haciendo terribles combinaciones de exclusión.

En plena crisis del neoliberalismo a fines de los ‘90 y principios del 2000, todas las organizaciones sociales que se crearon en cada rincón del país, tenían un importante protagonismo de las mujeres. Fuimos capaces de dar respuestas a la ausencia del Estado ante las necesidades básicas de nuestra sociedad. También de tomar agendas del feminismo, agrandarlas, y ampliar el debate al conjunto de los sectores populares. Incluso a quienes no conocíamos exigencias fundamentales que luego se nos hicieron propias, como la necesidad de decidir sobre vivir una vida libre de violencias, el acceso a la salud como elemento fundamental para una ciudadanía plena, la libre elección y goce de nuestra sexualidad. Claro que ese movimiento enorme de mujeres se fue cruzando con agrupamientos feministas, LGBTI, queers, travestis, trans, personas no binarias, que enriquecieron las búsquedas, las consignas y los logros políticos y sociales.

Actualmente ocurre lo mismo en las organizaciones de la economía popular, en los lugares de trabajo, en la ferias, en los centros vecinales. Pero, además, irrumpe como protagonista de este tiempo político un nuevo movimiento feminista que enamora a las nuevas generaciones y nos permite instalar discusiones y transformaciones impensadas hace unos años, donde se conjugan reivindicaciones de implementación de políticas públicas con la exigencia de mayor democratización de los espacios propios de participación social y política.

Desde los feminismos populares debemos trabajar fuerte para que todos nuestros avances sean reales y certeros para enfrentar la entrega. No tenemos manera de avanzar realmente en transformaciones profundas si no modificamos las formas de la política tradicional y en ese sentido, el machismo debe ser considerado como un enemigo interno que nos limita en la construcción colectiva. 

Hay claridad en cuáles son los principales enemigos externos del pueblo: el FMI, las corporaciones mediáticas y económicas, los gobernantes que representan sus intereses, el partido judicial. Pero es difícil identificar otros enemigos que tenemos metidos en nuestro ADN cultural y que tenemos que combatir.

Luchar contra el machismo no es solo expresarse contra los femicidios, o acompañar las marchas. Es transformar estas prácticas patriarcales dentro de nuestras organizaciones para poder conseguir cualquier avance en los próximos años, para poder lograr organizaciones estables y fuertes que se nutran de las mejores experiencias de nuestro pueblo y de los nuevos fenómenos que hay y va a haber en la Argentina.

La feminización de la pobreza sigue intacta. Ya vivimos la feminización de las organizaciones en los años 90. Ahora vamos por la feminización de las decisiones y las conducciones.

Por eso para nosotras no pueden disociarse las luchas por el derecho, en contra de los femicidios, por educación y salud sexual, por la paridad en los espacios, de la lucha contra las políticas de endeudamiento, devaluación y represión, porque en todo se manifiestan las múltiples formas de violencia y opresión que vivimos.

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