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“Este grito tiene que escucharse en todo el mundo”

El aporte de los organismos de derechos humanos argentinos a la memoria en Japón

Nora Cortiñas, la sobreviviente de la ESMA Graciela García Romero y la directora de Memoria Abierta, Verónica Torras, cuentan su experiencia en Japón con entidades que buscan visibilizar delitos de lesa humanidad contra las mujeres durante la Segunda Guerra.

“Les dijimos que, a pesar de todo, hay que luchar, que no hay silencio posible”, contó Nora Cortiñas.
“Les dijimos que, a pesar de todo, hay que luchar, que no hay silencio posible”, contó Nora Cortiñas. 

Una Madre de Plaza de Mayo, una sobreviviente de los crímenes de la última dictadura y la titular de uno de los organismos dedicados a resguardar y revalorizar archivos vinculados con aquellos hechos viajaron hasta Japón para compartir maneras de luchar, maneras de preservar, maneras de construir, maneras de reclamar verdad y justicia con un grupo de activistas feministas asiáticas que trabaja con las violaciones sistemáticas a los derechos humanos de cientos de mujeres que fueron esclavizadas por el Ejército imperial japonés durante la Segunda Guerra Mundial. El objetivo fue aportar su “know-how de la memoria” para que los colectivos de mujeres asiáticas logren no solo empezar a construir una memoria colectiva respecto de ese pasado en su propia tierra, sino llevar esa memoria al resto del mundo.

“Llevamos nuestro testimonio de 40 años de lucha, aportamos lo que, en mi caso como Madres de Plaza de Mayo, aprendimos a hacer frente a la impunidad y que no es otra cosa que salir, salir y salir a la calle y no quedarse jamás en silencio”, contó a este diario Nora Cortiñas en relación al encuentro que compartió en la capital japonesa con las mujeres del Women’s Active Museum on War and Peace (WAM), el Institute of Global Concern y el Instituto Iberoamericano de Tokio. “Les dijimos que, a pesar de todo, hay que luchar, que no hay silencio posible en esas situaciones. Les transmitimos nuestra energía”, completó.  

Cortiñas fue una de las expositoras de la conferencia internacional que el WAM organizó bajo el lema “Argentina, lucha por la justicia y su memoria documentada” en las inmediaciones de la Universidad Sophía, en Tokio. Las otras invitadas fueron Graciela García Romero, sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada, y la directora del colectivo de organismos de derechos humanos Memoria Abierta, Verónica Torras. Las tres fueron convocadas para hablar del proceso de memoria, verdad y justicia en Argentina especialmente enfocado en el rol de las mujeres como impulsoras del proceso para obtener justicia y para luchar contra el olvido. Pero también, de la batalla que libraron, una vez iniciado el proceso de reparación judicial, para que los delitos sexuales de los que las mujeres fueron víctimas en los centros clandestinos, sean igualmente reconocidos como crímenes de lesa humanidad. 

Las invitaron para escucharlas con atención y aprender de ellas organismos e instituciones que batallan en Japón, y que también estudian, los crímenes sexuales contra cientos de mujeres asiáticas ocurridos allí en tiempos de guerras. Una de esas entidades es el propio WAM, un museo que reúne testimonios y parte del escaso archivo oficial que existe en relación con las “mujeres de confort”. 

Durante la Segunda Guerra –y en algunos lugares también después–, el Ejército japonés instaló en todo el país y en otros países asiáticos campos de concentración, donde cientos de miles de mujeres fueron sometidas sexualmente de manera sistemática. “El sistema de reclutamiento de mujeres fue muy similar al que se utiliza en situaciones de trata actual. Las mujeres llegaban engañadas con promesas falsas de trabajo, acababan forzadas a mantener relaciones sexuales con el Ejército y la oficialidad y ya no podían irse”, resumió Torras. No hay cifras oficiales, porque “el Estado japonés jamás reconoció a esta situación como esclavitud”, pero las organizaciones sociales vinculadas a la temática calculan que las víctimas de este tipo de violaciones fueron entre 200 y 400 mil mujeres del continente.

“Pobres mujeres, fueron esclavas sexuales y totales, prisioneras casi del Ejército japonés durante la guerra y destratadas cuando la guerra terminó ya que les hicieron sentir culpa, les hicieron creer que habían sido violadas por que ellas habían querido y que eran una vergüenza para sus familias y para el país”, recordó Cortiñas. En Japón no quedan sobrevivientes: allí, el negacionismo y la indiferencia estatal y social hacia ellas fue tal que hubo suicidios colectivos. “Se arrojaban a un foso o al mar a morir, fue una experiencia terrible”, apuntó la Madre de Plaza de Mayo. 

En otros países, como Corea del Sur, China y Filipinas, sí existen organizaciones de sobrevivientes. Las instituciones japonesas, como el WAM, que trabajan la preservación de los hechos a través de archivos que contengan testimonios y relatos de otra índole vinculados a la temática, articularon con aquellos colectivos, juntaron sus archivos y realizaron una presentación conjunta ante la Unesco para integrar el programa Memorias del Mundo. Es entonces cuando el Estado japonés, que niega absolutamente los hechos, intervino intentando paralizar el avance: logró que la Unesco llame a una instancia de conciliación para encontrar una posición intermedia entre la denuncia y el silencio. Japón insiste en que las mujeres se prostituyeron a conciencia. Hace un año y medio que los intentos de conciliar una postura están estancados. 

Las agrupaciones “conocían y admiraban el proceso de memoria, verdad y justicia que tuvo lugar en Argentina” y convocaron a las Madres de Plaza de Mayo, a sobrevivientes a que lo relataran en una conferencia. También acudió Memoria Abierta, el colectivo de agrupaciones de derechos humanos que sostiene un fuerte enfoque en resguardar y revalorizar archivos relacionados con los crímenes del terrorismo de Estado y el camino trazado por las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo; los familiares de desaparecidos, los hijos y los y las sobrevivientes para mantener la memoria sobre todo aquello, transmitir la verdad y obtener justicia. 

“La lucha de las organizaciones de derechos humanos argentinas les sirve como ejemplo porque demuestra que la memoria se construye de manera colectiva”, apuntó Torras. “El caso de Japón es muy diferentes porque mientras el Estado trabajó y sigue trabajando para el olvido de este tema, para desvirtuarlo, la conciencia a nivel social es incipiente y tímida, el nivel de desinformación es altísimo y las organizaciones están en una situación de marginación y minoría muy importante”.

En ese sentido, Torras destacó que en Argentina “los esfuerzos de las madres y las abuelas, de los sobrevivientes y de los familiares de las víctimas por mantener la memoria y exigir siempre justicia más allá de los vaivenes de los gobiernos, logró que el nivel de información de la sociedad sobre el genocidio de la última dictadura sea muy alto. Acá lograron una avalancha de memoria que ya nadie puede parar”. 

Para Cortiñas, el plus que pudieron aportar en Japón fue “la energía para no abandonar la lucha”. “Lo que sirve es terminar con el silencio, salir a decir todo ese dolor que llevan encima. Hay que torcer la tendencia que tiene esa ciudad que avanza con apariencia reluciente, pero que abajo de todo eso esconde el dolor de un pueblo. Les va a costar, porque están sometidas durante muchísimos años, pero este grito tiene que escucharse en todo el mundo”, remarcó.

Cuando desde Japón los colectivos feministas supieron que, en Argentina, el proceso de memoria, verdad y justicia no solo había comenzado a lograr la reapertura de las investigaciones sobre el plan sistemático de exterminio de la última dictadura y el juzgamiento a sus responsables en tanto autores de delitos de lesa humanidad, sino también el reconocimiento de la violencia de género que especialmente sufrieron las mujeres de la mano de los represores, se abrió una nueva línea que conectó las historias de ambos países. Sobre eso también hablaron las expositoras en la conferencia. García Romero habló de la “lente de género” para explicar cómo, cuando revisó su historia de sobreviviente con el tamiz del feminismo, “se iluminaron varias escenas que ganaron en significación porque se articularon dentro de la estrategia de violencia específica utilizada contra las mujeres. Situaciones que narrábamos como parte del control general que los militares tenían del campo han ganado protagonismo y constatan nuestra posición sobre la existencia específica de una estrategia sistemática de agresión sexual hacia la mujer” que tuvo lugar entre torturas, secuestros y desapariciones.

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